Tal vez el primer contacto de Dulce María Alfonso Reyes con las flores se produjo en el jardín de las abuelas. No fue hasta muchos años después, sin embargo, que esta agricultora de oficio se dedicó completamente a ellas.
“Las flores son muy lindas, usted siembra un cantero y al otro día cuando llega por la mañana parece que las maticas le dicen: ¡Buenos días, buenos días!, cuenta Dulce. “Muy bonito, de verdad; y la agricultura en general, porque yo he trabajado desde la caña hasta ahora con las flores, y si volviera a nacer trabajaría en la agricultura.”
Una vez jubilada, Dulce María no abandonó a su vocación. Desde hace casi dos años se desempeña en la Finca “Los Pozos”, de Higinio Hernández, uno de los mayores productores de flores en Cienfuegos. Y aunque aquí esta floricultora hace de todo un poco, afirman, su especialidad son los injertos de rosas.
“Esto de aprender a injertar se lo tengo que agradecer a mi hija, que estudió en La Habana y se graduó de Jardinería y Floricultura”, dice. “Entonces ella me enseñó mucho más de lo que yo sabía.” Y hoy, de los cinco mil rosales que crecen en estos campos, en la periferia de la ciudad, al menos unos tres mil son el resultado de los prodigiosos injertos de Dulce.
“El injerto es una cosa maravillosa”, aprecia ella. “Porque ahora usted ve una flor que le gusta por allá, coge y trae una yemita, la pone ahí, y ya a los 40 días más o menos usted ve la flor. Para lograr eso hay que seleccionar una buena yema, ni muy pasada ni muy tierna, luego hay que hacer el raspadito en la mata, que también tiene su técnica, se procede a injertar la yema en la planta y se ennaila. Si a los 18 días está verde, quiere decir que ya prendió.”
Amén del merecido estímulo económico, a Dulce María la conforta la emoción que provocan sus flores en las personas, así como cierta sensación que versificara la poetisa Juana de Ibarbourou: “No sé si es que yo me esmero tanto, porque me encantan las plantas, que cada vez que nace una flor es como si fuera una cosa mía.”
Prodigio, así es. Según parece las manos de Dulce María Alfonso Reyes florecen, y rosas, rosas a sus dedos crecen.





